Llevo ya bastante tiempo queriendo escribir acerca del adiós, de la partida inminente de esta ciudad que tanto nos ha dado a todos (y aún en la distancia nos seguirá dando, de eso estoy segura), pero no había encontrado el momento más adecuado para hacerlo, quizás por el ajetreo de papeles, becas y demás asuntos burocráticos sinsentido, quizás por la nostalgia que intuía se desataría si comenzaba a escribir algo como lo que estoy escribiendo ahora.
El caso es que, a punto de marcharme de una de las ciudades que considero más significativas, no encuentro muy bien las palabras que describan lo mucho que voy a echar de menos esto. Se agolpan en mis recuerdos montones de anécdotas y de momentos, decenas de rostros y sentimientos -algunos que jamás pensé que recordaría, otros imposibles de olvidar- pero tan sólo una certeza, una evidencia férrea e ineludible: que este no es el final, o al menos no para mí.
Es cierto que abandonaremos sus calles, que nosotros, los de ahora, no volveremos a pasar las tardes en sus cafés ni a sumergirnos en sus nocturnos recovecos, pero volveremos (que al fin y al cabo es lo importante).
Y retomaremos el camino, aunque sea un poco más adelante.
Aunque ya no seamos los mismos.
* Y el título, lo primero que aprendí nada más llegar aquí.
miércoles, 18 de julio de 2012
jueves, 21 de junio de 2012
La nueva sentimentalidad
El encuentro
En Salamanca, el último noviembre,
te encontré por la calle, tan delgada
como entonces, pero con más arrugas.
Dabas clases de no sé qué muy raro
(Textología, por ejemplo) y eras
muy feliz explicando a tus alumnos
lo divino y lo humano. Me dijiste
que tus hijos quedaron en Madrid,
con su padre, y que sólo los veías
-ya eran mayores- tres o cuatro veces
al año; que te habías doctorado
(¡por fin!) y que ahora sólo te faltaba
ser funcionaria para ver el mundo
desde el lugar que merecías.
te encontré por la calle, tan delgada
como entonces, pero con más arrugas.
Dabas clases de no sé qué muy raro
(Textología, por ejemplo) y eras
muy feliz explicando a tus alumnos
lo divino y lo humano. Me dijiste
que tus hijos quedaron en Madrid,
con su padre, y que sólo los veías
-ya eran mayores- tres o cuatro veces
al año; que te habías doctorado
(¡por fin!) y que ahora sólo te faltaba
ser funcionaria para ver el mundo
desde el lugar que merecías.
Yo
te dije que bueno, que pasaba
por allí casualmente, que tenía
un amigo escritor en Salamanca
y que había venido a visitarlo.
Tú me dijiste: «¿Tienes mucha prisa
o podemos tomarnos algo juntos?»
Después de muchas copas, con el alba
siguiendo nuestra pista, te lo dije:
«Desde entonces no ha habido otra mujer.»
Y en mi interior bullía la mentira
al alimón con el deseo, y todo
-aquel horrible bar, tú y yo, la noche-
era tan esperpéntico y absurdo
que se parecía a la vida.
Luis Alberto de Cuenca, de Por fuertes y fronteras.
te dije que bueno, que pasaba
por allí casualmente, que tenía
un amigo escritor en Salamanca
y que había venido a visitarlo.
Tú me dijiste: «¿Tienes mucha prisa
o podemos tomarnos algo juntos?»
Después de muchas copas, con el alba
siguiendo nuestra pista, te lo dije:
«Desde entonces no ha habido otra mujer.»
Y en mi interior bullía la mentira
al alimón con el deseo, y todo
-aquel horrible bar, tú y yo, la noche-
era tan esperpéntico y absurdo
que se parecía a la vida.
Luis Alberto de Cuenca, de Por fuertes y fronteras.
miércoles, 13 de junio de 2012
miércoles, 9 de mayo de 2012
Conversación con premio
Recuerdo que, hace ya casi tres años, nos habló en una clase de la novela “Conversación en La Catedral”, de Mario Vargas Llosa. Podría comenzar a describir la charla tan interesante que dio sobre la obra y que nunca tuvo lugar, con la única intención de adornar el texto y llenarlo de detalles idílicos e inventados, pero no lo voy a hacer porque mentiría si dijera que me acuerdo exactamente de lo que mencionó acerca de ella. En realidad, ni siquiera sé si le gustaba o no. Lo que no se me olvida es que ésa fue la única obra dentro de la literatura hispanoamericana del siglo XX sobre la que le recuerdo hablando, los codos apoyados en el monitor del ordenador de la mesa que estaba en el centro de la primera fila.
Esa pequeña anécdota fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando, ojeando las estanterías de la librería “Campus” una mañana de octubre mientras esperaba a que me atendieran, descubrí con gran sorpresa y entusiasmo la portada de su nuevo libro.
Coincidencias aparte, hoy me alegró enormemente leer esta noticia y comprobar cómo, a veces, el talento y la constancia terminan por ser recompensados. Gracias a Dios (o al jurado).
Enhorabuena, Gonzalo.
Esa pequeña anécdota fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando, ojeando las estanterías de la librería “Campus” una mañana de octubre mientras esperaba a que me atendieran, descubrí con gran sorpresa y entusiasmo la portada de su nuevo libro.
Coincidencias aparte, hoy me alegró enormemente leer esta noticia y comprobar cómo, a veces, el talento y la constancia terminan por ser recompensados. Gracias a Dios (o al jurado).
Enhorabuena, Gonzalo.
martes, 1 de mayo de 2012
Melancholia
Mientras en la pantalla de aquella claustrofóbica sala de cine se sucedían uno tras otro los angustiosos fotogramas que anticipaban el choque inminente del planeta Melancholia contra la Tierra, a mí se me venía a la cabeza la melodía de la preciosa canción AF607105, en la que la cantante Charlotte Gainsbourg –protagonista, además, de la película (curiosas coincidencias)- entonaba con voz suave: we wish you all a very happy pleasant flight… y así, a pesar del ensordecedor ruido de la destrucción que tronaba por toda la sala, yo lograba sentirme casi a salvo. Casi.
sábado, 28 de abril de 2012
Certezas
Entonces paramos delante de aquella fuente y no nos besamos.
Y yo supe, sin ningún atisbo de duda, que caminábamos de forma lenta pero inexorable hacia un fracaso sin remedio.
Y yo supe, sin ningún atisbo de duda, que caminábamos de forma lenta pero inexorable hacia un fracaso sin remedio.
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