Estación de Ríos Rosas, andén número 2 con dirección Gran Vía. Me siento
en uno de los bancos de piedra que están anclados a la pared y sudo. Y
pienso que el sudor va a resbalar por la espalda y va a inundar el
vestido verde y el bolso y hasta las sandalias y que cuando salga a la
superficie no seré más que una gotícula andante de residuos y desechos y
sal. Falta un minuto para que el tren llegue a la estación, anuncia una
pantalla digital con letras rojas y amarillas, y una niña gatea por el
banco y se sube y me empieza a enredar el pelo. Hay veces que la vida
pasa sin que nos demos cuenta. Hay veces que en un andén de metro los
eruditos encuentran el sentido de la existencia humana. Me subo a un
vagón medio vacío y en la siguiente estación (Iglesia, creo, o puede que
Bilbao) un chico larguirucho, moreno, con barba, se sienta a mi lado y
abre un libro y se abstrae y yo no sé si de verdad está leyendo o es que
la tinta de las letras Times New Roman ejerce algún potente magnetismo
sobre sus pupilas. Y tú, en qué estarás pensando ahora... Estoy mirándole y
luego miro al libro "Poemas y canciones" de Bertol Brecht. Esto que vais a leer está en verso. Lo digo porque acaso no sabéis ya lo que es un verso ni un poeta.
Es un soñador, sin duda. Porque es de todos conocido que los chicos que
leen poesía son unos soñadores. Mi pierna roza con la suya y en ese
momento deseo que la fragua de Vulcano se haga carne, que hagamos el
amor contra las barras llenas de bacterias y huellas dactilares. Amor
mío, amor mío, quiero saber lo que es un orgasmo para un poeta. Pero él
se baja en Alonso Cano o en Callao o a lo mejor en ninguna porque son
líneas distintas y las puertas se cierran y yo ya no sé si Bertol Brecht
tenía razón ni cómo terminaba su poema.
lunes, 21 de julio de 2014
domingo, 6 de abril de 2014
Primer amor
Apareciste una tarde de julio en la bandeja de entrada de mi Tuenti.
Hacía años que no te veía, pero en tu foto parecías guapo. Así que
venga, dije, yo te sigo.
Me cogiste del alma y me llevaste por
esos senderos de la literatura que yo, a mis dieciocho años, nunca había
pisado más que a la hora de aprender nombres de autores y fechas y
títulos de libros y poemas en las clases del bachillerato. Me hablaste
de Camus (Camí) y de Cortázar, y yo creía que eso era el amor. No
parabas de recomendarme películas y de reivindicar el independentismo.
Visca Catalunya lliure!, gritabas en nuestras citas, ¡Viva Andalucía
libre y socialista! Y yo que no entendía de lo que hablabas.
Me
besaste a la puerta de un garaje y tu boca sabía a alquitrán a arsénico a
cianuro al humo del tabaco que acababas de comprar, y tu lengua se movía
sin control dentro de mi boca y yo pensé que no sabías besar. Y tus
manos encontraron mi cintura y me susurraste al oído que te quiero. Y yo
quedé paralizada ante los besos la emoción el encuentro las palabras el
aliento Lucky Strike el letrero luminoso de la caja de ahorros y fue
entonces cuando mi madre llamó al móvil y me dijo que volviera a
casa.
Cuando estaba a punto de enamorarme de ti, apareció otro
muchacho, mudo, de provincias. No me dijo nada, no me habló de la lucha
del proletariado ni del latín ni de los versos que componen una lira. Me
invitó a un Nestea y me sonrió y en ese momento supe que aquello era el
amor.
Y te olvidé olvidé las tardes de verano a la sombra de un
café los besos frente a la catedral tu camisa de rayas el olor de la
colonia que llevabas tu infinita sapiencia y lo inmensamente azules que
se volvían tus ojos cuando me mirabas.
martes, 8 de octubre de 2013
Basura
Creo que häy algo
que nunca te confesé:
desde que me contaste aquello,
aborrezco el cine francés.
que nunca te confesé:
desde que me contaste aquello,
aborrezco el cine francés.
sábado, 5 de octubre de 2013
Una verdad
«En las pequeñas mentes de los fanáticos,
insistía Clive, cualquier forma de éxito, por limitado que fuera,
cualquier estima pública por cualquier tipo de cosa, era prueba
inequívoca de componenda estética y de fracaso.»
Amsterdam, Ian McEwan.
Amsterdam, Ian McEwan.
jueves, 18 de julio de 2013
martes, 7 de mayo de 2013
Qué razón tienes, Ben
Hablaba el otro día con mi compañera de piso acerca de que, en el mundo en el que vivimos, nada nos sorprende. Absolutamente todos los tabúes sexuales se han desmontado, estamos acostumbrados a ver imágenes de abrumadora violencia cada día en los telediarios, las noticias sobre la corrupción y los desahucios se multiplican, consideramos a las familias que duermen al amparo de los cajeros automáticos por las noches como algo normal. En definitiva, nos lo creemos todo o, mejor dicho, creemos que ya es posible que suceda cualquier cosa. Así que, ante este panorama tan sumamente desolador, tan destructivo para el alma (porque lo es), yo me pregunto hacia dónde caminamos, si hay esperanza para el ser humano o si éste es sólo el inicio de una devastadora masacre de nuestros ideales.
Sea como fuere, las palabras que en su día leyera de la mano de Ben Clark, hoy cobran más significado que nunca:
«Ya no nos sobrecoge nada. Nada
parece desasir del corazón
esta ferruginosa indiferencia
que nos tiene encantados. Ya, por fin.
Podemos ser felices ya por fin.
¡Apreciemos la imagen y la métrica!
Que estamos vacunados
contra la enfermedad; contra el amor,
contra la compasión y la ternura.»
Ben Clark.
Sea como fuere, las palabras que en su día leyera de la mano de Ben Clark, hoy cobran más significado que nunca:
«Ya no nos sobrecoge nada. Nada
parece desasir del corazón
esta ferruginosa indiferencia
que nos tiene encantados. Ya, por fin.
Podemos ser felices ya por fin.
¡Apreciemos la imagen y la métrica!
Que estamos vacunados
contra la enfermedad; contra el amor,
contra la compasión y la ternura.»
Ben Clark.
sábado, 13 de abril de 2013
Vuelvo a Ribeyro
«(...) Julio Ramón Ribeyro, por su parte, se planteaba tal problema de forma dicotómica, sin medias tintas era «necesario elegir entre amar la vida o comprenderla». Y es cierto, las personas que disfrutan más la vida son aquellas que no tratan de comprenderla. Aquellas que se arman de un cúmulo de ideas preconcebidas que les hacen más fácil la existencia. Puede llamársele religión, ideología, filosofía de vida, da igual. Aquella fórmula de la felicidad se resumía en omitir las preguntas necesarias y dejar que las preguntas innecesarias siguiesen su rumbo (no siendo respondidas por obvias). De ahí el imposible de un filósofo feliz con su circunstancia, o de un escritor feliz con el mundo. Aquel que imagina lo que le ha tocado vivir como algo compacto, sin resquicios, como algo casi perfecto no tiene por qué hacerse preguntas, no tiene razón para pensar ni mucho menos para escribir. Sin embargo, ese mundo feliz, también a su modo sufre, o hace sufrir. Se pierde espontaneidad, se gana en tranquilidad pero se pierde en el arte de la creación. Vea si no lo aburrido que se vuelve ir hablando con gente que maneja un discurso preconcebido. De esos que pueden deslumbrar a miles pero no dos veces al mismo sujeto. Es por ello que la vida se vuelve rutinaria. Existen sin embargo aquellos con los que se puede discutir mil veces el mismo tema, aquellos que no tienen formada una opinión. Son pocos, pero son.»
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