martes, 6 de septiembre de 2011
Ideario
En su mente, un pensamiento fijo: las historias verdaderamente inmortales son aquellas que terminan de forma trágica.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Cuaderno de viaje
Fragmento.
«(...) Es curioso cómo los viajes lo transforman a uno; estoy fuera de casa y me siento muy lejos de todo, no sólo físicamente. El recuerdo de la gente es difuso, se desvanece como el polvo en el aire, se escapa. Aquí parece que el tiempo no avanza, está paralizado y a la vez se agota.
No me acuerdo de la vida fuera de este sitio, es increíble, una sensación verdaderamente auténtica.»
Agosto, en algún lugar del mundo.
No me acuerdo de la vida fuera de este sitio, es increíble, una sensación verdaderamente auténtica.»
viernes, 2 de septiembre de 2011
Volver
Sentados ayer por la noche en aquel banco, el brillo de la nostalgia asomando a los ojos, recordamos nuestros años comunes de instituto: los escasos profesores que se convirtieron en referentes intachables, guías de nuestra mente y de nuestra alma, las enseñanzas extraídas más allá de la docencia, la confianza latente y perceptible entre los compañeros, la magna idea que del honor teníamos, la amistad indestructible e imperecedera, la eclosión del amor en ciernes; también los codazos en la cafetería, por qué no, y la brevedad de los recreos.
Perdidos entre los recuerdos y por instantes transportados al pasado, ocupamos nuestros cuerpos descompensados, púberes, entre risas y palmadas durante unas horas, deseando de todo corazón volver a vivir aquello.
Al despedirnos, los dos notamos que algo había cambiado. Quizás la fuerza de los recuerdos, tan potente como suele ser, se resistía a dejarnos marchar de su maravilloso mundo, o quizás fuésemos nosotros quienes, arrastrados por aquel ideal y un poco confusos, no oponíamos demasiada resistencia.
Sea como fuere, la verdad es que nos costó mucho despertar de aquella fantasía y que, horas más tarde, no pude evitar sentirme embargada por una añoranza inmensa y profunda al darme cuenta de lo evidente: nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Perdidos entre los recuerdos y por instantes transportados al pasado, ocupamos nuestros cuerpos descompensados, púberes, entre risas y palmadas durante unas horas, deseando de todo corazón volver a vivir aquello.
Al despedirnos, los dos notamos que algo había cambiado. Quizás la fuerza de los recuerdos, tan potente como suele ser, se resistía a dejarnos marchar de su maravilloso mundo, o quizás fuésemos nosotros quienes, arrastrados por aquel ideal y un poco confusos, no oponíamos demasiada resistencia.
Sea como fuere, la verdad es que nos costó mucho despertar de aquella fantasía y que, horas más tarde, no pude evitar sentirme embargada por una añoranza inmensa y profunda al darme cuenta de lo evidente: nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
jueves, 1 de septiembre de 2011
La lucha por la vida II
«Llegaron poco después otros y comenzaron todos a charlar a voz en grito.
Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura, de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.
Habían clasificado al mundo. Tal era admirable; Cual, detestable; H, un genio; B, un imbécil.
No les gustaban, sin duda, las medias tintas ni los términos medios; parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo. (...)
Los conciliábulos en el estudio de Álex se conoce que no bastaban a los bohemios, porque de noche volvían a reunirse en el café de Lisboa. Manuel, sin ser considerado como uno de ellos, era aceptado en la reunión, aunque sin voz ni voto.
Por lo mismo que no hablaba, se fijaba más en lo que oía.
Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban verse y hablarse.»
Mala hierba, Pío Baroja.
Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura, de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.
Habían clasificado al mundo. Tal era admirable; Cual, detestable; H, un genio; B, un imbécil.
No les gustaban, sin duda, las medias tintas ni los términos medios; parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo. (...)
Los conciliábulos en el estudio de Álex se conoce que no bastaban a los bohemios, porque de noche volvían a reunirse en el café de Lisboa. Manuel, sin ser considerado como uno de ellos, era aceptado en la reunión, aunque sin voz ni voto.
Por lo mismo que no hablaba, se fijaba más en lo que oía.
Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban verse y hablarse.»
Mala hierba, Pío Baroja.
La lucha por la vida I
«Toda aquella tierra negra daba a Manuel una impresión de fealdad, pero al mismo tiempo de algo tranquilizador, abrigado; le parecía un medio propio para él. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eran latas viejas de sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados; aquella tierra, árida y negra, constituida por detritus de la civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábricas, por todo lo arrojado del pueblo como inservible, le parecía a Manuel un lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urbana. (...)
Atraía a Manuel, sin saber por qué, aquella negra hondonada con sus escombreras, sus casuchas tristes, su cómico y destartalado Tío Vivo, su caballete de columpio y su suelo, lleno de sorpresas, pues lo mismo brotaba de sus entrañas negruzcas el pucherete tosco y ordinario, que el elegante frasco de esencias de la dama; lo mismo el émbolo de una prosaica jeringa, que el papel satinado y perfumado de una carta de amor.
Aquella vida tosca y humilde, sustentada con los detritus del vivir refinado y vicioso; aquella existencia casi salvaje en el suburbio de una capital, entusiasmaba a Manuel. Le parecía que todo lo arrojado allí de la urbe, con desprecio, escombros y barreños rotos, tiestos viejos y peines sin púas, botones y latas de sardinas, todo lo desechado y menospreciado por la ciudad, se dignificaba y se purificaba al contacto de la tierra.
Manuel pensó que si con el tiempo llegaba a tener una casucha igual a la del señor Custodio, y su carro, y sus borricos, y sus gallinas, y su perro, y además una mujer que le quisiera, sería uno de los hombres casi felices de este mundo.»
La busca, Pío Baroja.
Atraía a Manuel, sin saber por qué, aquella negra hondonada con sus escombreras, sus casuchas tristes, su cómico y destartalado Tío Vivo, su caballete de columpio y su suelo, lleno de sorpresas, pues lo mismo brotaba de sus entrañas negruzcas el pucherete tosco y ordinario, que el elegante frasco de esencias de la dama; lo mismo el émbolo de una prosaica jeringa, que el papel satinado y perfumado de una carta de amor.
Aquella vida tosca y humilde, sustentada con los detritus del vivir refinado y vicioso; aquella existencia casi salvaje en el suburbio de una capital, entusiasmaba a Manuel. Le parecía que todo lo arrojado allí de la urbe, con desprecio, escombros y barreños rotos, tiestos viejos y peines sin púas, botones y latas de sardinas, todo lo desechado y menospreciado por la ciudad, se dignificaba y se purificaba al contacto de la tierra.
Manuel pensó que si con el tiempo llegaba a tener una casucha igual a la del señor Custodio, y su carro, y sus borricos, y sus gallinas, y su perro, y además una mujer que le quisiera, sería uno de los hombres casi felices de este mundo.»
La busca, Pío Baroja.
martes, 30 de agosto de 2011
Nunca te has ido
Desde aquel improvisado balcón observaba la inmensidad del mundo y me daba cuenta de lo caótico de la situación y de la vida.
lunes, 15 de agosto de 2011
Antítesis
Lo que resultaba más curioso de aquella discoteca era el contraste entre el telediario que se televisaba en las pantallas del local y que no dejaba de repetir una y otra vez que el país se hundía, y los cuerpos ebrios y escasos de ropa que se contoneaban, ajenos, al ritmo de la música.
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