jueves, 16 de junio de 2011
Lo que debe ser pero no puede ser
Hace meses cayó en mis manos, por azares del destino o de la ventura, España invertebrada, de Ortega y Gasset. Considero importante resaltar el hecho de que si hoy ese ensayo se encuentra en mi estantería es por mera casualidad y no por inquietud propia, porque precisamente ha sido la casualidad, ligada al interés que despiertan todas las cosas -excepto las que han de estudiarse- en época de exámenes, la que ha hecho que me fijase esta mañana en el título de uno de los artículos: La magia del "debe ser". En él, escribe: «no basta que algo sea deseable para que sea realizable, y, lo que es aún más importante, no basta que una cosa se nos antoje deseable para que lo sea en verdad». Nada más.
domingo, 5 de junio de 2011
Gravedad
Un extraordinario relato procedente del libro Yo mataré monstruos por ti, de Víctor Balcells Matas:
Cerco un centro di gravitá permanente
Por qué me has citado aquí, le pregunté, aquí no podemos pasarlo bien. El gas en la cima de las chimeneas era fuego. Me mostró su mano. Ahora soy gótica, dijo, satánica, emo y post-rockera y tengo que estar triste. Tenía la cara manchada o maquillada de negro.
El tiempo pasa sin descanso, las cosas cambian.
Pero oh, preciosa, querubín, argonauta y vellocino de oro, déjame darte un beso.
Ni hablar, dijo ella, estoy desesperada, triste, ahogada en la miseria.
¿Entonces qué hacemos? ¿No somos novios?
Sí, somos novios, dijo, y se arrojó a mis brazos y me pidió que la protegiera, que la protegiera.
Entonces cenemos, hablemos o hagamos el amor, bajo los tilos, junto al río, o leyendo poemas de Hölderlin.
Nada de eso. Se separó de mí. Las gaviotas eran manchas de alquitrán, buitres girando en el cielo; el bar más cercano un surtidor de putas y obreros con destornilladores en la oreja, o cigarrillos, o palas o picos en la oreja; o directamente sin orejas, cortadas por las estratosféricas máquinas del aserradero, por las turbinas machacantes del astillero y la radiación nuclear.
Las transiciones vagas del amor son éstas: de la traición al tedio, del tedio al polígono, del polígono a la cama y otra vez a empezar desde cero. Pero siempre habrá fábricas de por medio.
¿Qué ha cambiado? ¿Qué te ha pasado? ¿Qué has hecho con tu vida? ¡Te amo! ¿Por qué estamos aquí?
Hemos quedado con mis nuevos amigos.
¿Qué?
¡Mis nuevos amigos!, dijo, tan contenta tocándose el pelo cibernético, rapado en uno de sus costados. Vamos a dar una vuelta en coche con ellos, dijo. ¿Un qué? Una vuelta en coche. Ahí vienen. Y a lo lejos entre el polvo un Seat León Tuning 2009 se acercaba pisando las palomas muertas. Al volante un héroe masacrado por la noche.
Oh, ser todopoderoso, dios menor, de dónde vienes y a qué discoteca vas. Se abrió la portezuela y entramos y nos ajustamos en el asiento de atrás. Busqué la mano de mi amada, pero no estaba, no había mano, no había amada, sólo un rugido de motor y la cara tapizada de granos de su conductor.
Qué pasa nen.
Hola.
Vladimir, este es mi novio de la ciudad ¿dónde nos llevarás hoy?
A que os curto el lomo. Vamos a un sitio que ni sus imagináis. Aceleración, el rey de la pista ha vuelto a las calles.
A cien por hora adelantando camiones y obreros que nos saludaban con los cascos desde las fábricas. Nissan Trucks, Astilleros Vulcano, Almirall Prodespharma, B.A.S.F., Pinturas Titán.
Mi amada reía como loca entregada al placer de la velocidad y se abrazaba a Vladichulo y yo miraba por la ventanilla la vida pasar, los vestigios de una llama antigua. Qué fue de ella, cómo cambian las cosas en una semana, en un día, en un instante, te giras en la cama y de pronto te das cuenta de que duermes con un monstruo. Pero para los monstruos, nosotros somos los monstruos.
Tío, eres aburrido de cojones, decía Vladichulo desde el volante encuerado.
¿Dónde vamos? ¿Dónde vamos? Le gritaba ella orgásmica, sobreexcitada una vez más, pero no por mí, enamorada una vez más, pero no de mí. Una vez más de decir, de no saber opinar, imponer, terminar a tiempo.
Me quiero bajar, dije de pronto. Reían, se atolondraban en el hipnótico adelantamiento de los polígonos.
¡Quiero bajar!, grité, y Vladichulo pegó un derrape y casi volcamos, pero no. Se detuvo el polvo entre el humo de la fábrica de papel. Vladichulo se giró. Me miró con sus gafas de sol. Ella también me miraba. Miraban los dos. Se amaban.
La Vía Láctea y la galaxia Andrómeda tienen un rumbo de colisión. El impacto se producirá dentro de millones de años, millones de años. Mientras tanto, dicen los científicos, sigue y seguirán siendo dos galaxias distintas (que se miran, que se escrutan sin comprenderse).
Pues bájate, pringao, dijo Vladichulo.
Adiós, dijo ella: en la vida, los olvidos no suelen durar.
Me apeé y me quedé allí junto a una pared, solo, sin nada en las manos, con mis zapatos. ¿No es eso lo más importante? Tener ojos para ver el mundo y pies para poder entrar en él. Eso es.
El Seat León arrancó de nuevo. Oí sus gritos sexys, como canciones de Kylie Minogue o granizados de limón en invierno.
¡Adiós, adiós, amor mío! Agitaba la mano. Adiós. Y el Seat cogía velocidad y se hundía en la carretera y al fondo el río Llobregat emitía sus efluvios. Eso no era París, eso no era el Sena ni Nôtre Dame. La refinería escupía, en el río se deslizaban ratas culpables, mutantes, y los niños jugaban con los neumáticos. Y allí estaba yo, saludando con la mano al final de todas las cosas cuando ocurrió aquello.
En un adelantamiento peligroso el Seat León viró bruscamente, salió de la calzada y voló por los aires. Así estaba yo, adiós adiós, sin deseos ni besos como túneles, y el Seat León volando por los aires y cayendo suavemente al río Llobregat, plof, alunizaje, amerizaje, fluvianaje o como se diga. Y desde una esquina de la fábrica de polímeros Cromlab S.L. observé por primera vez los mecanismos de las cadenas de montaje, y tuve conciencia de las máquinas, del día y la noche, ¡producción, producción!, y esto es lo que pasa cuando hay crisis, que aparecen los deshechos, que en el río Llobregat se hunden y naufragan los Seat León con los Vladichulos y, lo que es peor, que no se hunden solos, sino que se arrastran con nosotros hacia el fondo.
martes, 31 de mayo de 2011
Las formas del presagio
Tras descubrir hace días el letrero de esa calle, no pude quitármelo de la cabeza.
Desde entonces, cada vez que paso por allí -cuando la ruta coincide- lo observo con cierto ánimo esperanzador.
Siendo hoy mi último día en la ciudad y alentada por la inmediata proximidad de los exámenes, he querido permanecer en ella durante unos instantes por comprobar, tras la experiencia, si es verdad eso que anuncia. Veremos.
Desde entonces, cada vez que paso por allí -cuando la ruta coincide- lo observo con cierto ánimo esperanzador.
Siendo hoy mi último día en la ciudad y alentada por la inmediata proximidad de los exámenes, he querido permanecer en ella durante unos instantes por comprobar, tras la experiencia, si es verdad eso que anuncia. Veremos.
viernes, 20 de mayo de 2011
De trinidades
Dos microrrelatos extraídos del libro Cortometrajes, de Juan Ramón Santos Delgado. Una delicia.
Marcelo era un buen estudiante. Era consciente de que, siendo su padre agricultor, el futuro de la familia estaba cruzado por los azares de la meteorología, y también sabía de los no pocos esfuerzos que les suponía a su madre y a su padre el enviarlo cada mañana a estudiar a la ciudad, no ya por el gasto, sino por tener que renunciar además a una mano de obra que, en ciertos períodos del año, se hacía casi imprescindible. Católico, le reprochaba cada noche antes de dormir a Dios el que, habiéndonos creado a su imagen y semejanza, se hubiese reservado para sí el estupendo invento de la trinidad. Cada noche hallaba nuevos argumentos para discutir con el Creador en torno al tema. De todos es sabido que la paciencia de Dios como Dios mismo es infinita, pero Marcelo debió pillarlo en un día malo, de debilidad, y consiguió sus reivindicaciones. El milagro se operó después de la cena, cuando la madre de Marcelo acababa de dejar sobre la mesa, junto al plato de su hijo, un yogur de fresa. Estaba de espaldas fregando unos cacharros cuando oyó a Marcelo pedir dos yogures más. Al volverse allí estaba sentado Marcelo en trinidad. Comiéndose los tres Marcelos los tres yougures de fresa explicaron la nueva situación tranquilamente a sus padres que, aunque al principio anonadados, católicos también y por la evidencia palpable de la gracia divina vertida sobre su hijo, comprendieron y se sintieron muy felices ante las posibilidades que abría la trinidad sobrevenida del chaval.
Se despertaron los tres a las siente de la mañana. Uno de los Marcelos se fue con el padre al campo, donde siempre había algo que hacer. Los otros dos guardaron los libros en la mochila y se fueron a coger el autobús. Por suerte siempre sobraban asientos. Era aquél un autobús muy católico en general que enseguida creyó en aquella aplicación práctica y palpable del dogma de la Santísima Trinidad. Hubo un ateo que preguntó por el tercer Marcelo y no quiso creer explicación alguna, atribuyendo el milagro a una clonación súbita -qué afán el de los ateos por explicarlo todo desde la ciencia-. Hubo también un par de agnósticos que ignoraron por completo el fenómeno, el uno escuchando música en su wakman, el otro leyendo una novela de Pérez Reverte.
Llegados al instituto, uno de los Marcelos entró en clase y, como habitualmente hacía Marcelo en su anterior limitada humanidad, atendió a las clases, se esforzó haciendo ejercicios y se tomó a media mañana un bocadillo de tortilla del bar. Es cierto que por boca de los compañeros que con él vinieron en el autobús se fue corriendo la noticia, pero la gente lo fue aceptando con naturalidad. El profesor de religión, un sacerdote, pensó incluso improvisar una unidad didáctica sobre la Santísima Trinidad con la conocida historia de San Agustín, el ángel, la playa, el mar y el agujerito en la arena pidiendo permiso al jefe de estudios para que Marcelo lo acompañara para dar esas clases.
El tercer Marcelo hizo lo que el responsable Marcelo primitivo y único había deseado siempre, irse por ahí con esos compañeros que, si bien acaban suspendiendo y repitiendo a final de curso, a cambio disfrutaban de lo lindo el resto de los días del año. Anduvo de bares, tomando litros de cerveza y fumando algún que otro porro. Aquel día fue el centro de atención del grupo, la novedad, un tercio de trinidad de Marcelo emborrachándose con ellos, con los gamberros, con lo formalito que había sido siempre Marcelo cuando era uno y no trino, uno a secas.
Vuelve a ser de noche en el pueblo y vuelven los tres Marcelos a remover con sus tres cucharillas sus tres yogures. Tres besos de buenas noches de su madre y por fin a acostar. Recordemos que Marcelo, aun siendo trino, es uno, y que, sin dejar de ser cada uno de los tres que están tumbados en tres camas diferentes, improvisadas en su cuarto tan divinamente como sólo puede improvisar una madre, es los tres a la vez, tres personas distintas y un solo Marcelo verdadero, y que, sea como sea -más fácil es meter toda el agua del mar en un pocito escarbado con el dedo en la arena que comprender todo esto-, está a la vez acostado en las tres camas, y siente el cansancio acostumbrado de todas las noches por el ir y venir en el autobús a la ciudad, atender en clase y hacer las tareas, pero siente esta noche también un tremendo dolor en los riñones por la falta de costumbre de trabajar con la azada, y una zumbona resaca de alcohol y marihuana. La tercera noche, para que todo cuadre, ya que con trinidades estamos a vueltas, Marcelo decide hacerse hindú y posponer sus diversos proyectos de vida para diversas vidas sucesivas. Que nadie busque segundas intenciones ni moralinas, que todo esto no es más que la relación de unos hechos extraordinarios de que tuve reciente noticia.
De nuevo a vueltas con la trinidad
Basado en un hecho real.
Basado en un hecho real.
Marcelo era un buen estudiante. Era consciente de que, siendo su padre agricultor, el futuro de la familia estaba cruzado por los azares de la meteorología, y también sabía de los no pocos esfuerzos que les suponía a su madre y a su padre el enviarlo cada mañana a estudiar a la ciudad, no ya por el gasto, sino por tener que renunciar además a una mano de obra que, en ciertos períodos del año, se hacía casi imprescindible. Católico, le reprochaba cada noche antes de dormir a Dios el que, habiéndonos creado a su imagen y semejanza, se hubiese reservado para sí el estupendo invento de la trinidad. Cada noche hallaba nuevos argumentos para discutir con el Creador en torno al tema. De todos es sabido que la paciencia de Dios como Dios mismo es infinita, pero Marcelo debió pillarlo en un día malo, de debilidad, y consiguió sus reivindicaciones. El milagro se operó después de la cena, cuando la madre de Marcelo acababa de dejar sobre la mesa, junto al plato de su hijo, un yogur de fresa. Estaba de espaldas fregando unos cacharros cuando oyó a Marcelo pedir dos yogures más. Al volverse allí estaba sentado Marcelo en trinidad. Comiéndose los tres Marcelos los tres yougures de fresa explicaron la nueva situación tranquilamente a sus padres que, aunque al principio anonadados, católicos también y por la evidencia palpable de la gracia divina vertida sobre su hijo, comprendieron y se sintieron muy felices ante las posibilidades que abría la trinidad sobrevenida del chaval.
Se despertaron los tres a las siente de la mañana. Uno de los Marcelos se fue con el padre al campo, donde siempre había algo que hacer. Los otros dos guardaron los libros en la mochila y se fueron a coger el autobús. Por suerte siempre sobraban asientos. Era aquél un autobús muy católico en general que enseguida creyó en aquella aplicación práctica y palpable del dogma de la Santísima Trinidad. Hubo un ateo que preguntó por el tercer Marcelo y no quiso creer explicación alguna, atribuyendo el milagro a una clonación súbita -qué afán el de los ateos por explicarlo todo desde la ciencia-. Hubo también un par de agnósticos que ignoraron por completo el fenómeno, el uno escuchando música en su wakman, el otro leyendo una novela de Pérez Reverte.
Llegados al instituto, uno de los Marcelos entró en clase y, como habitualmente hacía Marcelo en su anterior limitada humanidad, atendió a las clases, se esforzó haciendo ejercicios y se tomó a media mañana un bocadillo de tortilla del bar. Es cierto que por boca de los compañeros que con él vinieron en el autobús se fue corriendo la noticia, pero la gente lo fue aceptando con naturalidad. El profesor de religión, un sacerdote, pensó incluso improvisar una unidad didáctica sobre la Santísima Trinidad con la conocida historia de San Agustín, el ángel, la playa, el mar y el agujerito en la arena pidiendo permiso al jefe de estudios para que Marcelo lo acompañara para dar esas clases.
El tercer Marcelo hizo lo que el responsable Marcelo primitivo y único había deseado siempre, irse por ahí con esos compañeros que, si bien acaban suspendiendo y repitiendo a final de curso, a cambio disfrutaban de lo lindo el resto de los días del año. Anduvo de bares, tomando litros de cerveza y fumando algún que otro porro. Aquel día fue el centro de atención del grupo, la novedad, un tercio de trinidad de Marcelo emborrachándose con ellos, con los gamberros, con lo formalito que había sido siempre Marcelo cuando era uno y no trino, uno a secas.
Vuelve a ser de noche en el pueblo y vuelven los tres Marcelos a remover con sus tres cucharillas sus tres yogures. Tres besos de buenas noches de su madre y por fin a acostar. Recordemos que Marcelo, aun siendo trino, es uno, y que, sin dejar de ser cada uno de los tres que están tumbados en tres camas diferentes, improvisadas en su cuarto tan divinamente como sólo puede improvisar una madre, es los tres a la vez, tres personas distintas y un solo Marcelo verdadero, y que, sea como sea -más fácil es meter toda el agua del mar en un pocito escarbado con el dedo en la arena que comprender todo esto-, está a la vez acostado en las tres camas, y siente el cansancio acostumbrado de todas las noches por el ir y venir en el autobús a la ciudad, atender en clase y hacer las tareas, pero siente esta noche también un tremendo dolor en los riñones por la falta de costumbre de trabajar con la azada, y una zumbona resaca de alcohol y marihuana. La tercera noche, para que todo cuadre, ya que con trinidades estamos a vueltas, Marcelo decide hacerse hindú y posponer sus diversos proyectos de vida para diversas vidas sucesivas. Que nadie busque segundas intenciones ni moralinas, que todo esto no es más que la relación de unos hechos extraordinarios de que tuve reciente noticia.
***
Se me olvidó mencionar que Joaquín, compañero de mesa de Marcelo en clase, una de esas mañanas, estimando las posibilidades que abría la trinidad de su vecino, sus pros y sus contras, volvió el rostro hacia los ventanales y, ante la evidencia irrefutable del bello perfil adolescente de María recortado sobre el paisaje nebuloso y teñido de amanecer, afiló con deleite el lápiz y anotó en un margen del tema cinco del libro de Historia del Mundo Contemporáneo:
Último guiño a la trinidad
Se me olvidó mencionar que Joaquín, compañero de mesa de Marcelo en clase, una de esas mañanas, estimando las posibilidades que abría la trinidad de su vecino, sus pros y sus contras, volvió el rostro hacia los ventanales y, ante la evidencia irrefutable del bello perfil adolescente de María recortado sobre el paisaje nebuloso y teñido de amanecer, afiló con deleite el lápiz y anotó en un margen del tema cinco del libro de Historia del Mundo Contemporáneo:
Quisiera ser uno y trino
Para estar contigo
Para estar contigo
Para estar contigo
Para estar contigo
Para estar contigo
Para estar contigo
lunes, 16 de mayo de 2011
Sucederá
Muy pocas veces he sabido cómo expresar lo que tan exactamente describe Manuel Altolaguirre en un único y magnífico verso:
dejarás de ser tú, aunque no mueras.
Del poema No me has querido.
dejarás de ser tú, aunque no mueras.
Del poema No me has querido.
Cavalo Morto
Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Un poema de Lèdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada moneda perdida es una golondrina de espaldas posada sobre la luz de un pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas alrededor de una sandía. En Cavalo Morto las sandías son mujeres semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves.
Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Lèdo Ivo es un hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara de loco. En Cavalo Morto los locos tienen alas de mosca y vuelven a guardar en su caja las cerillas quemadas como si fuesen palabras rozadas por el resplandor de otro mundo. Otro mundo es el fondo de un vaso, un lugar donde lo recto tiene forma de herradura y hay una sola tarde forrada con tela de gabardina.
Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo es un río que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas, pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia. En Cavalo Morto los aviones atan con cintas de vapor el cielo como si las nubes fuesen un regalo de Navidad y los felices y los infelices suben directamente a los hipódromos eternos por la escalerilla del anillador de gaviotas.
Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Un poema de Lèdo Ivo es el amante de un reloj de sol que abandona de puntillas los hostales de la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse, los que aún así se amaron y salen del brazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los árboles y escriben partituras con el timbre de las bicicletas.
Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Lèdo Ivo es una escuela llena de pinzones y un timonel que canta en el platillo de leche. Lèdo Ivo es un enfermero que venda las olas y enciende con su beso las bombillas de los barcos. En Cavalo Morto todas las cosas perfectas pertenecen a otro, como pertenece la tuerca de las estrellas marinas al saqueador de las cabezas sonámbulas y el cartero de las rosas del domingo a la coronita de luz de las empleadas domésticas.
Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
En Cavalo Morto cuando muere un caballo se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere un evangelista se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere Lèdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite. Háganme caso, los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas, cada amor que termina es un cementerio de abrazos y Cavalo Morto es un lugar que no existe.
Juan Carlos Mestre.
Un poema de Lèdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada moneda perdida es una golondrina de espaldas posada sobre la luz de un pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas alrededor de una sandía. En Cavalo Morto las sandías son mujeres semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves.
Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Lèdo Ivo es un hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara de loco. En Cavalo Morto los locos tienen alas de mosca y vuelven a guardar en su caja las cerillas quemadas como si fuesen palabras rozadas por el resplandor de otro mundo. Otro mundo es el fondo de un vaso, un lugar donde lo recto tiene forma de herradura y hay una sola tarde forrada con tela de gabardina.
Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo es un río que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas, pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia. En Cavalo Morto los aviones atan con cintas de vapor el cielo como si las nubes fuesen un regalo de Navidad y los felices y los infelices suben directamente a los hipódromos eternos por la escalerilla del anillador de gaviotas.
Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Un poema de Lèdo Ivo es el amante de un reloj de sol que abandona de puntillas los hostales de la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse, los que aún así se amaron y salen del brazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los árboles y escriben partituras con el timbre de las bicicletas.
Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
Lèdo Ivo es una escuela llena de pinzones y un timonel que canta en el platillo de leche. Lèdo Ivo es un enfermero que venda las olas y enciende con su beso las bombillas de los barcos. En Cavalo Morto todas las cosas perfectas pertenecen a otro, como pertenece la tuerca de las estrellas marinas al saqueador de las cabezas sonámbulas y el cartero de las rosas del domingo a la coronita de luz de las empleadas domésticas.
Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.
En Cavalo Morto cuando muere un caballo se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere un evangelista se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere Lèdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite. Háganme caso, los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas, cada amor que termina es un cementerio de abrazos y Cavalo Morto es un lugar que no existe.
Juan Carlos Mestre.
viernes, 13 de mayo de 2011
De singularidades
Algunas veces -yo lo sé- cuando al caer la tarde levanta el toldo y, de improviso, el verdor del paisaje impacta en sus ojos, suspira.
Le apenan los días tibios y soleados. Le recuerdan a Gregorio Samsa.
Le apenan los días tibios y soleados. Le recuerdan a Gregorio Samsa.
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