domingo, 27 de junio de 2010
In my head (literalmente)
No se ha ido de mi cabeza en todo el día. Es curioso teniendo en cuenta el título de la canción.
sábado, 26 de junio de 2010
Plazo vencido
"Eso te... te halaga", dijo.
Y, aunque ambos sabíamos que ésa no era la palabra adecuada, tuve que confesar que yo también la habría utilizado.
Y, aunque ambos sabíamos que ésa no era la palabra adecuada, tuve que confesar que yo también la habría utilizado.
Brazadas
No se puede vencer a la corriente aunque, para bien o para mal, siempre hay gente que lo intenta.
jueves, 24 de junio de 2010
Recuperaciones
No podía evitar contemplar la Plaza Mayor abarrotada de estudiantes sentados en el suelo, en pequeños corrillos, y recordar las palabras de Patri -"pues sí que suspende gente aquí, sí..."- sin reírme.
De sonetos y sueños
La angustiosa pesadilla de la pasada noche hizo que me preguntase si sabía de memoria algún poema. Desesperada, por más vueltas que le daba al asunto, no lograba encontrar ninguno en mi desordenada mente, hasta que aquella bombilla que hizo que Arquímedes gritase su famoso "¡Eureka!" se encendió, y logré hallar el más básico de los básicos poemillas que a todos, si no nos hicieron aprender, lo memorizamos de propia voluntad:
Un soneto me manda hacer Violante,que en mi vida me he visto en tal aprieto;
catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonantey estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrandoy parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.
Ya estoy en el segundo, y aun sospechoque voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.
Lope de Vega.
miércoles, 23 de junio de 2010
La espera
Ella lo espera.
Son casi las tres de la madrugada y le aguarda, impaciente, dando vueltas frente a una bocacalle de la Calle Toro, al lado de la tienda de ropa Tedy, cerca de la Plaza de España.
Cada dos por tres revisa impaciente su reloj y mira esperanzada a un lado y otro de la gran avenida, esperando verlo aparecer repentinamente, iluminando con su sola presencia esa noche tan oscura. Sabe que, en cuanto aparezca, no le reprochará el hecho de haberle estado esperando más de media hora; tan sólo quiere verlo, nada más.
De pronto, como si el gran reloj de la Plaza Mayor tocase las campanadas de cualquier hora en punto, le sacude la absoluta certeza de que él no va a ir.
Comienza a caminar despacio, como si le doliesen las rodillas o le pesasen tremendamente los pies. "No. Va a venir, tiene que venir". Se para y da media vuelta. De nuevo empieza a andar en círculos, hasta que le sobreviene la siguiente sacudida.
Vuelve a caminar, alejándose del lugar de encuentro, un encuentro que podría haber significado mucho para los dos, pero al que él no ha acudido. Como tantas otras veces.
Pequeñas gotitas saladas resbalan por sus mejillas, las mejillas que hacía tan sólo unas horas había maquillado para él; no para cualquier otro muchacho de sonrisa franca con quien se pudiera encontrar en el Bisú, no. Ella se ha arreglado para él y él no está. Mejor dicho, no ha querido venir.
Regresa a casa. No sabe cuánto ha tardado en hacerlo, pero intuye que seguramente ha invertido mucho más tiempo del necesario. Esperaba un mensaje de él, una llamada, algo. Sin embargo, su móvil continúa en silencio, como minutos atrás. Vuelve a comprobar si tiene llamadas perdidas: nada.
Se acuesta, con alguna que otra lagrimilla que se escapa de sus condenados ojos sin que ella le haya dado permiso para hacerlo, y duerme. Minutos antes, en ese estado tan plácido de duermevela, se propone olvidarlo, borrarlo de su mente y su corazón para siempre. Sí, eso hará, ya nada podrá hacerle daño nunca más.
Eso es hasta el día siguiente, cuando repentinamente lea estas palabras en la pantalla de su móvil, palabras que lleva deseando que él le diga desde que se marchó la noche pasada: "Lo siento, perdóname. Se me olvidó el móvil en casa y estos no me dejaban irme. ¿Quedamos esta noche? Prometo compensarte".
Es ahí cuando manda al traste todas aquellas promesas aparentemente firmes de olvidarlo.
Y vuelta a empezar.
Son casi las tres de la madrugada y le aguarda, impaciente, dando vueltas frente a una bocacalle de la Calle Toro, al lado de la tienda de ropa Tedy, cerca de la Plaza de España.
Cada dos por tres revisa impaciente su reloj y mira esperanzada a un lado y otro de la gran avenida, esperando verlo aparecer repentinamente, iluminando con su sola presencia esa noche tan oscura. Sabe que, en cuanto aparezca, no le reprochará el hecho de haberle estado esperando más de media hora; tan sólo quiere verlo, nada más.
De pronto, como si el gran reloj de la Plaza Mayor tocase las campanadas de cualquier hora en punto, le sacude la absoluta certeza de que él no va a ir.
Comienza a caminar despacio, como si le doliesen las rodillas o le pesasen tremendamente los pies. "No. Va a venir, tiene que venir". Se para y da media vuelta. De nuevo empieza a andar en círculos, hasta que le sobreviene la siguiente sacudida.
Vuelve a caminar, alejándose del lugar de encuentro, un encuentro que podría haber significado mucho para los dos, pero al que él no ha acudido. Como tantas otras veces.
Pequeñas gotitas saladas resbalan por sus mejillas, las mejillas que hacía tan sólo unas horas había maquillado para él; no para cualquier otro muchacho de sonrisa franca con quien se pudiera encontrar en el Bisú, no. Ella se ha arreglado para él y él no está. Mejor dicho, no ha querido venir.
Regresa a casa. No sabe cuánto ha tardado en hacerlo, pero intuye que seguramente ha invertido mucho más tiempo del necesario. Esperaba un mensaje de él, una llamada, algo. Sin embargo, su móvil continúa en silencio, como minutos atrás. Vuelve a comprobar si tiene llamadas perdidas: nada.
Se acuesta, con alguna que otra lagrimilla que se escapa de sus condenados ojos sin que ella le haya dado permiso para hacerlo, y duerme. Minutos antes, en ese estado tan plácido de duermevela, se propone olvidarlo, borrarlo de su mente y su corazón para siempre. Sí, eso hará, ya nada podrá hacerle daño nunca más.
Eso es hasta el día siguiente, cuando repentinamente lea estas palabras en la pantalla de su móvil, palabras que lleva deseando que él le diga desde que se marchó la noche pasada: "Lo siento, perdóname. Se me olvidó el móvil en casa y estos no me dejaban irme. ¿Quedamos esta noche? Prometo compensarte".
Es ahí cuando manda al traste todas aquellas promesas aparentemente firmes de olvidarlo.
Y vuelta a empezar.
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